En un procedimiento universal, nos dejan pasar a su dispositivo dos mujeres con trajes de hombre. Potencialmente estereotipadas, cada una extrema sus gestos de tipo. Nos dan risa de lo absurdas y ridículas que se ven ejecutando libremente eructos o suspiros de esfuerzo, dejando la panza colgar, o sacudiéndose la entrepierna, gestos incómodamente reservados para la permisión de algunos hombres que, sin preguntarle a nadie, los arrastran.
Copi (Raúl Damonte Botana) decía que no quería que sus obras fueran leídas en el colegio. Quizás, por mala suerte para él, yo conocí una de sus obras en el secundario. Y me obsesioné con su mundo. Las obras de Copi empiezan cuando todo está a punto de destruirse, cuando la crisis ya comenzó. A veces esa crisis es identitaria, a veces amorosa y, otras, simplemente son los personajes contra el mundo.
La obra realmente aborda un asunto adulto, el que atraviesa la adultez completa, al menos, nuestra adultez actual: el de la autoexplotación para alcanzar un cielo, que brilla por encima de los techos de cristal invisible.
La tragedia clásica se entrecruza con el cuerpo, el humor y el artificio del clown, dejando al descubierto, los mismos fantasmas shakesperianos: los celos que corroen, la manipulación que envenena, el racismo estructural y la violencia que avanza cuando nadie la detiene.
Una secuencia de “Davides” que se espejean unos con otros. ¿Fragmentos de un occidente clásico añejo mezclados con restos de un sur global indígena en permanente olvido y despojo?